Juega con fuego

Para la gran mayoría del país lo principal es hacer justicia en el caso Ayotzinapa, pero una minoría ha tomado la cabeza de este movimiento de indignación nacional con el propósito de tirar al gobierno.

Basta escuchar las consignas en las manifestaciones para saber de qué se trata. Y por lo que dicen, no les preocupa hacer que paguen sus culpas los que secuestraron y mataron a los normalistas.

Tampoco gritan contra la izquierda que le dio poder a unos asesinos en Iguala, ni contra el que le brindó su apoyo a Abarca para que fuera candidato a alcalde y se retrató con él en plena campaña, aunque ahora diga que no lo conoce: López Obrador.

La demanda es que se vaya Peña Nieto y con ello que se rompa el orden institucional en México.

Como lo apunté en este espacio hace un mes, se trata de “una conspiración anunciada” por el propio López Obrador, quien desde los primeros días de octubre viene pidiendo la caída del presidente.

Y que la caída sea en noviembre “porque si renuncia antes de cumplir dos años de su mandato, de acuerdo con la Constitución, se tiene que convocar a nuevas elecciones… “Por qué esperar a 2018, si ya sabemos que cada día va a estar peor” (La Jornada, sábado 11 de octubre).

En esa ocasión apunté en este espacio que “se tiene que actuar con celeridad, inteligencia y audacia, porque la lumbre llega a los aparejos”.

Bueno, el futuro nos alcanzó: las llamas llegaron a las puertas de Palacio Nacional y el gobierno no ha respondido con eficacia ante la crisis en que nos metió un grupo de gobernantes de izquierda ligados a bandas criminales.

Ahora, ante la bola de nieve que se le viene encima al país, el gobierno se percibe solitario y sin respuestas.

Desde el inicio del sexenio renunciaron a tener respaldo social y desdeñaron eso que peyorativamente llaman “popularidad”, que en realidad es fortaleza indispensable para gobernar.

Se acometieron reformas históricas que han tocado intereses muy poderosos, sin tener músculo político en las calles y en los hogares para sostener el proceso de transformación nacional.

A estas alturas de la crisis, en el gobierno deben estar captando que muchos amigos eran de mentiras, y todos los enemigos eran de verdad.

Para afrontar lo que viene, y no en el mediano plazo, sino en los días siguientes, sería muy reconfortante un ejercicio de humildad de los gobernantes y corregir lo que no ha funcionado.

No se puede dejar a México a la deriva. Peña Nieto ganó las elecciones. Ni su gobierno ni su partido secuestraron a los normalistas. ¿Por qué se tiene que ir? Tiene que corregir lo que ha hecho mal y cambiar lo que haya que cambiar.

Pero seguir con la presión para que en el país se dé una ruptura institucional es entrar en un túnel de caos e incertidumbre. Hacia allá empujan los grupos radicales de la izquierda y de la ultraderecha.

Si se les sigue el juego con gritos temerarios en las manifestaciones públicas, el país y todos los ciudadanos pagaremos las consecuencias.

Con un par de semanas de saqueos, violación a la propiedad privada y ejecución de venganzas personales o de grupos, tendremos suficiente como para no salir del hoyo en el resto de nuestros días. México se puede convertir en un gigantesco Iguala.

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