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Aquí entre nos

El día que vi a mi sobrina bailar bachata empecé a sospechar que me estaba poniendo vieja. En un pasado no muy lejano, hace apenas dos décadas, la bachata era percibida como un ritmo vulgar. Era tan indigna, que solo la bailaban las chicas destinadas a las barras de mala muerte y a los oscuros salones de las casas de prostitución, como érase una vez en la Argentina con el tango.

No obstante, la bachata ha ingresado en el ambiente popular y hoy es considerada un estilo de música lo suficientemente decoroso como para que lo toquen en las fiestas familiares.

En un afán por pretender ser liberal o por querer conectarme con la nueva generación, me he propuesto aprenderla. Actualmente sé dar el paso básico con el brinquito posterior, pero todavía me pierdo en las vueltas. Eso sí, poco a poco he ido venciendo mi reacción inicial -de resistencia- y he logrado acallar la vocecita de mi abuela, quien en sus tiempos insistía “que las mujeres decentes no bailan bachata porque eso es música de cueros.”

Vale aclarar que un cuero en el argot dominicano posee una connotación extremadamente negativa. No es lo mismo que, por ejemplo en México, donde un cuero es una persona bien parecida. Para los dominicanos la portadora de este calificativo es una mujer fácil o “de la vida”.

En fin, que ya voy superando el tabú ancestral contra la bachata, dejándola entrar de vez en cuando en mi radio. Ahora bien, cuando se trata del reggaetón, la sospecha de que me estoy poniendo vieja se convierte en una certeza. Pues, ¡cuán grande es mi alarma ante la proximidad que guardan los bailadores entre sí y el terrible desenfreno del vaivén de unas caderas que parecen sacarle brillo, mejor dicho, ¡chispas! a las hebillas de los cinturones! Debo confesarle que se me funde la materia gris tratando de entender cómo las caritas de los bailarines conservan ese indeleble halo de inocencia mientras ejecutan a cabalidad el perreo.

Un término que el diccionario urbano define como “uno de los movimientos del reggaetón que consiste el imitar la acción de dos perros.” Los perros en cuestión y aquellos que los imitan, si me permite la redundancia y la censura, se comportan…pues… ¡muy perramente! Me explico: sitúe una chica de espaldas a su pareja y semi-agachada, cual si aspirara a tocar con las manos la punta de sus pies.

Luego imagínese al chico con la bragueta estacionada justo a la altura del derrière de ella, el cual se contonea y remenea a una velocidad fascinaaaaaaante.

Le advierto a los padres chapados a la antigua que esta visión les puede provocar un paro cardíaco. Y si prestan atención a las letras, es probable que también sufran un derrame cerebral, pues ¡pobre de aquél que pretenda encontrase con un hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar! Aquí entre nos, me gustaría poder repetirle algunos de los sublimes versos del reggaetón, pero rayaría en la procacidad y no quisiera faltarle el respeto. Aunque me temo (suspiro) que esta reserva mía es otra triste evidencia de mis tantas cumplidas primaveras.

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