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La cámara corporal de una médica cautiva muestra el horror de Mariupol

KHARKIV, Ucrania.- Una célebre médica ucraniana grabó su estancia en Mariupol en una tarjeta de datos no más grande que la uña de un dedo pulgar, que pasó de contrabando al mundo en un tampón. Ahora está en manos rusas, en un momento en que la propia Mariupol está a punto de caer.

A Yuliia Paievska se la conoce en Ucrania como Taira, un apodo que proviene del sobrenombre que eligió en el videojuego World of Warcraft. Usando una cámara corporal, grabó 256 gigabytes de los frenéticos esfuerzos de su equipo durante dos semanas para sacar a la gente del borde de la muerte. Hizo llegar los desgarradores intervalos a un equipo de Associated Press, los últimos periodistas internacionales en la ciudad ucraniana de Mariupol, cuando salieron en un raro convoy humanitario.

Los soldados rusos capturaron a Taira y a su conductor al día siguiente, el 16 de marzo, una de las muchas desapariciones forzadas en zonas de Ucrania que ahora están en manos de Rusia. Rusia presentó a Taira como trabajadora del batallón nacionalista Azov, en fila con la narrativa de Moscú de que está intentando “desnazificar” Ucrania. Pero la AP no encontró ninguna prueba de ello, y sus amigos y colegas dijeron que no tenía vínculos con Azov.

El hospital militar donde dirigió las evacuaciones de los heridos no está afiliado al batallón, cuyos miembros han pasado semanas defendiendo una extensa planta siderúrgica en Mariupol. Las propias imágenes que grabó Taira atestiguan que intentó salvar a los soldados rusos heridos y a los civiles ucranianos.

Un intervalo grabado el 10 de marzo muestra a dos soldados rusos sacados bruscamente de una ambulancia por un soldado ucraniano. Uno está en una silla de ruedas. El otro está de rodillas, con las manos atadas a la espalda, con una evidente lesión en la pierna. Sus ojos están cubiertos por gorros de invierno y llevan brazaletes blancos.

Un soldado ucraniano maldice a uno de ellos. “Cálmate, cálmate”, le dice Taira.

Una mujer le pregunta: “¿Vas a atender a los rusos?”.

“Ellos no serían tan amables con nosotros”, responde ella. “Pero no podría hacer otra cosa. Son prisioneros de guerra”.

Taira es ahora prisionera de los rusos, una de los cientos de ucranianos destacados que han sido secuestrados o capturados, entre ellos funcionarios locales, periodistas, activistas y defensores de derechos humanos.

La Misión de Observación de los Derechos Humanos de la ONU en Ucrania ha registrado 204 casos de desapariciones forzadas. Dice que algunas víctimas pueden haber sido torturadas, y que cinco fueron halladas muertas posteriormente. La oficina de Defensa del Pueblo de Ucrania dijo que había recibido informes de miles de personas desaparecidas hasta finales de abril, de las cuales 528 probablemente habían sido capturadas.

Los rusos también tienen como objetivo a los médicos y los hospitales, a pesar de que los Convenios de Ginebra señalan a los médicos militares y civiles para su protección “en cualquier circunstancia”. La Organización Mundial de la Salud ha verificado más de 100 ataques a la atención a la salud desde que comenzó la guerra, cifra que probablemente aumentará.

Más recientemente, los soldados rusos sacaron a una mujer de un convoy de Mariupol el 8 de mayo, la acusaron de ser médico militar y la obligaron a elegir entre dejar que su hija de cuatro años la acompañara a un destino desconocido o continuar hacia el territorio controlado por Ucrania. La madre y la niña acabaron separadas, y la pequeña consiguió llegar a la ciudad ucraniana de Zaporizhzhia, dijeron funcionarios de la ONU.

“No se trata de salvar a una mujer en particular”, dijo Oleksandra Chudna, que fue voluntaria como médico de Taira en 2014. “Taira representará a esos médicos y mujeres que fueron al frente”.

La situación de Taira adquiere un nuevo significado a medida que los últimos defensores de Mariupol son evacuados hacia territorios rusos, en lo que Rusia llama una rendición masiva y Ucrania califica de misión cumplida. Rusia afirma que más de 1,700 combatientes ucranianos se han rendido esta semana en Mariupol, lo que ha atraído una nueva atención sobre el tratamiento de los prisioneros. Ucrania ha expresado su esperanza de que los combatientes puedan ser canjeados por prisioneros de guerra rusos, pero un funcionario ruso ha dicho, sin pruebas, que no deben ser canjeados sino juzgados.

El gobierno ucraniano ha dicho que intentó añadir el nombre de Taira a un intercambio de prisioneros hace semanas. Sin embargo, Rusia niega haberla retenido, a pesar de su aparición en las cadenas de televisión de la región separatista de Donetsk de Ucrania y en la cadena rusa NTV, esposada y con la cara magullada. El gobierno ucraniano se negó a hablar sobre el caso cuando le preguntó la AP.

Taira, de 53 años, es conocida en Ucrania como una atleta estrella y la persona que capacitó a la fuerza médica voluntaria del país. Lo que se desprende de su video y de las descripciones de sus amigos es una personalidad grande y exuberante con una presencia telegénica, el tipo de persona que se deleita nadando con delfines.

El video es un registro íntimo del 6 de febrero al 10 de marzo de una ciudad sitiada que se ha convertido en un símbolo mundial de la invasión rusa y la resistencia ucraniana. En él, Taira es un torbellino de energía y dolor, grabando la muerte de un niño y el tratamiento de los soldados heridos de ambos bandos.

El 24 de febrero, el primer día de la guerra, Taira relató los esfuerzos por vendar la herida abierta en la cabeza de un soldado ucraniano.

Dos días después, ordenó a sus colegas que envolvieran en una manta a un soldado ruso herido. “Tápenlo porque está temblando”, dice en el video. Llama al joven “Sunshine” -un apodo favorito para los muchos soldados que han pasado por sus manos- y le pregunta por qué ha venido a Ucrania.

“Me estás cuidando”, le dice él, casi con asombro. La respuesta de ella: “Tratamos a todos por igual”.

Esa misma noche, dos niños -un hermano y una hermana- llegan gravemente heridos de un tiroteo en un puesto de control. Sus padres están muertos. Al final de la noche, a pesar de las súplicas de Taira de “quédate conmigo, pequeño”, también él murió.

Taira se aparta de su cuerpo sin vida y llora. “Odio (esto)”, dice. Cierra sus ojos.

Hablando con alguien en la oscuridad del exterior mientras fuma, dice: “El niño se fue. El chico murió. Todavía le están haciendo reanimación cardiopulmonar a la niña. Quizá sobreviva”.

En un momento dado, se mira en el espejo del cuarto de baño, con un mechón de pelo rubio que le cae sobre la frente y que contrasta con los lados afeitados de su cabeza. Corta la grabación.

A lo largo del video, se queja del dolor crónico que le producen las lesiones de espalda y cadera que la dejaron parcialmente incapacitada. Abraza a los médicos. Hace bromas para animar a los desanimados conductores de ambulancias y a los pacientes. Y siempre lleva un peluche atado a su chaleco para entregarlo a los niños que pueda atender.

Con un esposo y una hija adolescente, sabía lo que la guerra puede hacerle a una familia. En un momento dado, un soldado ucraniano herido le pide que llame a su madre. Ella le dice que podrá llamarla él mismo, “así que no la pongas nerviosa”.

El 15 de marzo, un agente de policía entregó la pequeña tarjeta de datos a un equipo de periodistas de Associated Press que había estado documentando las atrocidades cometidas en Mariupol, incluido un ataque aéreo ruso contra un hospital de maternidad. La oficina se puso en contacto con Taira a través de un walkie-talkie, y ella pidió a los periodistas que sacaran la tarjeta de forma segura de la ciudad. La tarjeta estaba escondida dentro de un tampón, y el equipo pasó por 15 puestos de control rusos antes de llegar a territorio controlado por Ucrania.

Al día siguiente, Taira desapareció con su conductor Serhiy. Ese mismo día, un ataque aéreo ruso destrozó el teatro de Mariupol y mató a cerca de 600 personas.

Un video emitido durante un telediario ruso del 21 de marzo anunció su captura, acusándola de intentar huir de la ciudad disfrazada. Taira parece aturdida y demacrada mientras lee una declaración colocada debajo de la cámara, en la que pide el fin de los combates. Mientras habla, una voz en off se burla de sus colegas como nazis, usando un lenguaje del que se ha hecho eco esta semana Rusia al describir a los combatientes de Mariupol.

La emisión fue la última vez que se le vio.

Tanto el gobierno ruso como el ucraniano han dado publicidad a las entrevistas con los prisioneros de guerra, a pesar de que el derecho internacional humanitario describe esta práctica como un trato inhumano y degradante.

El esposo de Taira, Vadim Puzanov, dijo que había recibido pocas noticias de su esposa desde su desaparición. Eligiendo cuidadosamente sus palabras, describió una preocupación constante, así como la indignación por la forma en que ha sido retratada por Rusia.

“Acusar a una médica voluntaria de todos los pecados mortales, incluido el tráfico de órganos, es ya una propaganda escandalosa; ni siquiera sé para quién es”, dijo.

Raed Saleh, jefe de los Cascos Blancos de Siria, comparó la situación de Taira con la que afrontaron y siguen afrontando los voluntarios de su grupo en Siria. Dijo que su grupo también ha sido acusado de tráfico de órganos y de tratar con grupos terroristas.

“Mañana pueden pedirle que haga declaraciones y presionarla para que diga cosas”, dijo Saleh.

Taira tiene una gran importancia en Ucrania debido a su reputación. Enseñaba artes marciales de aikido y trabajaba como médica como actividad secundaria.

Su nombre surgió en 2013, cuando se unió a los voluntarios de primeros auxilios en las protestas del Euromaidán en Ucrania, que expulsaron al gobierno respaldado por Rusia. En 2014, Rusia arrebató a Ucrania la península de Crimea.

Taira fue a la región oriental de Donbás, donde los separatistas respaldados por Moscú luchaban contra las fuerzas ucranianas. Allí enseñó medicina táctica y creó un grupo de médicos llamado Los Ángeles de Taira. También trabajó como enlace entre los militares y los civiles en las ciudades de primera línea donde pocos médicos y hospitales se atrevían a operar. En 2019, se marchó a la región de Mariupol, y su unidad médica tuvo su base allí.

Taira formó parte de los Juegos Invictus de Ucrania para veteranos militares, en los que iba a competir en tiro con arco y natación. Invictus dijo que fue médica militar de 2018 a 2020, pero que desde entonces había sido desmovilizada.

Recibió la cámara corporal en 2021 para filmar para una serie documental de Netflix sobre figuras inspiradoras que está produciendo el príncipe Harry de Gran Bretaña, fundador de los Juegos Invictus. Pero cuando las fuerzas rusas invadieron el país, la usó para filmar escenas de civiles y soldados heridos.

Esas imágenes son ahora especialmente conmovedoras, con Mariupol al borde del abismo. En uno de los últimos videos que grabó Taira, está sentada junto al conductor que desaparecería con ella. Es el 9 de marzo.

“Dos semanas de guerra. Mariupol asediada”, dice en voz baja. Luego maldice a nadie en particular, y la pantalla se oscurece.

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